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La mochila cargada de cosas inútiles


Acabo de ver la pelicula "Up in the air" dónde Ryan Bingham (George Clooney) es un experto en despedir a gente, contratado de forma externa por otras empresas para reducir personal. Ryan lleva mucho tiempo contento con su despreocupado estilo de vida, viviendo por toda Norteamérica en aeropuertos, hoteles y coches de alquiler. Puede llevar todo lo que necesita en una maleta con ruedas. Es un miembro mimado y de élite de todos los programas de fidelización de viajeros que existen. Y le falta poco para alcanzar el objetivo de su vida: conseguir una secreta y desorbitada cifra de millas de viajero habitual, que le daría acceso a un restringido y selecto club como poner el nombre suyo a un avión.

En sus momentos de conferencista dice que pensemos en llenar una mochila
¿Qué ponemos?. Tengo demasiadas cosas. Le ocurre a la mayoría de las personas que vivimos en estos tiempos.  De hecho, cuanto más pobre es la gente, más cosas parece que tiene.

Esto no siempre ha sido así. Las cosas solían ser escasas y valiosas. Todavía pueden encontrarse evidencias si se buscan. Por ejemplo, antes las casas no tenian armarios amplios, espacios para guardar cosas.  En aquellos tiempos las cosas que tenía la gente cabían en una cajonera. Incluso hace sólo unas décadas, la gente tenía muchas menos cosas. Cuando veo fotos de los 70 me sorprendo de lo vacías que parecían estar las casas. Cuando era niño tenía lo que creía que era una flota enorme de coches de juguete, una cantidad ridícula comparada con la cantidad de juguetes que tienen mis sobrinos. Todos mis Matchboxes y Corgis (coches de juguete) juntos ocupaban un tercio de la superficie de mi cama. En la habitación de mis sobrinos la cama es el único lugar que queda libre.



Las cosas se han abaratado muchísimo pero nuestra actitud hacia ellas no ha cambiado. Sobrevaloramos las cosas.



Esto era un gran problema para mí cuando no tenía dinero. Me sentía pobre y las cosas parecían valiosas, así que las acumulaba casi instintivamente. Los amigos se dejaban algo cuando se trasladaban, veía cosas en buen estado abandonadas en la basura alguna noche, me encontraba con algo casi nuevo por una décima parte de su precio que alguien vendía en su garaje. Y, zas, más cosas.



En realidad estas cosas gratuitas o casi gratuitas no eran ninguna ganga porque valían menos de lo que costaban. La mayoría de las cosas que acumulé no valían nada porque no las necesitaba.



Lo que yo no entendía era que el valor de una nueva adquisición no era la diferencia entre su P.V.P. y lo que yo pagaba por ella. Era el valor que yo obtenía de ella. Las cosas son activos extremadamente líquidos. Si no se tiene un plan para vender esa cosa tan "valiosa" comprada tan barata, ¿qué es lo que la hace valiosa?. La única forma de obtener algún beneficio de ella es usándola. Y si no se le da un uso inmediato es probable que nunca se le dé.



Las empresas que venden cosas han invertido enormes sumas de dinero en hacernos pensar que las cosas todavía son valiosas. Pero sería más cercano a la verdad tratar las cosas como si no valieran nada.



De hecho, es peor todavía, porque una vez acumulada una determinada cantidad de cosas, las cosas empiezan a poseerle a uno, en vez de ser al revés. Conozco a una pareja que no pudo retirarse a su pueblo favorito porque no podían permitirse una casa lo suficientemente grande como para albergar todas sus cosas. La casa no es de ellos, es de sus cosas.



Y, salvo que uno sea extremadamente organizado, una casa llena de cosas puede resultar muy deprimente. Una habitación desordenada y revuelta mina el espíritu. Una razón, obviamente, es que hay menos sitio para la gente en una habitación llena de cosas. Pero hay más. Creo que los humanos examinamos constantemente nuestro entorno para construirnos un modelo mental de lo que nos rodea. Cuanto más difícil de analizar es la escena, menos energía queda para los pensamientos conscientes. Una habitación revuelta es literalmente agotadora.



(Esto puede explicar por qué el desorden no parece molestar tanto a los niños como molesta a los adultos. Los niños son menos perceptivos. Construyen un modelo menos elaborado de su entorno y esto consume menos energía.)



La primera vez que me di cuenta de la carencia de valor de las cosas fue cuando viví un año en Israel. Lo único que me llevé después para mi paseo por Europa fue una gran mochila llena de cosas. Cargue mucho peso para nada.


Lo realmente triste de todo esto no es que acumulara toda estas cosas inútiles, sino que generalmente me gastaba dinero que necesitaba desesperadamente en cosas que no necesitaba.



¿Por qué lo hacía?. Porque la gente que se dedica a vender cosas es realmente buena en su trabajo. Un joven de 25 años no es rival para empresas que han invertido años investigando cómo hacer que te gastes dinero comprando cosas. Hacen de la experiencia de comprar cosas algo tan agradable que "comprar" se ha convertido en una actividad de ocio.



¿Cómo protegerse de estas personas?. No puede ser fácil. Soy una persona bastante escéptica y aun así sus trucos han funcionado conmigo hasta bien entrado en la treintena. Pero algo que puede funcionar es preguntarse, antes de comprar algo, "¿esto va a hacer que mi vida sea notablemente mejor?".



Una amiga mía se curó de su hábito de comprar ropa preguntándose a sí misma antes de comprarse algo "¿voy a ponerme siempre esto?". Si no era capaz de convencerse a sí misma de que lo que estaba pensando comprar era una de esas cosas que siempre se pone, no lo compraría. Creo que esto funciona para cualquier tipo de compra. Antes de comprar algo, pregúntate: ¿voy a utilizar esto constantemente? ¿o simplemente es algo bonito? o, todavía peor, ¿es simplemente una ganga?.



Las peores cosas a este respecto son las cosas que no se usan mucho porque son demasiado buenas. Nada posee más a uno que las cosas frágiles. Por ejemplo, la "porcelana" que tantas familias tienen y cuya cualidad que la define no es que sea divertida de utilizar, sino que uno tiene que ser especialmente cuidadoso para no romperla.



Otra forma de resistirse a comprar cosas es pensar en el coste total de poseerlas. El precio de compra es sólo el principio. Hay que pensar en esa cosa durante años—quizá duarnte el resto de la vida. Todo lo que uno posee resta energía a un mismo. Algunas cosas proporcionan más de la que restan. Ésas son las cosas que merece la pena tener.



Yo ya he parado de acumular cosas. Excepto libros—pero los libros son diferentes. Los libros se parecen más a un fluido que a objetos individuales. Tener varios miles de libros no es un inconveniente especialmente grande, mientras que si poseyeras miles de cosas aleatorias serías famoso en tu vecindario. Salvo libros, ahora intento evitar activamente las cosas. Si alguna vez quiero gastar dinero en darme algún capricho, lo emplearé en servicios y no en bienes.



No alego esto porque haya alcanzado algún tipo de indiferencia tipo zen acerca de las cosas. Hablo de algo más mundano. Ha habido un cambio histórico y ahora soy consciente. Las cosas solían ser valiosas, pero ya no lo son.



Pasó lo mismo con la comida a mitad del siglo veinte en los paises indistrializados. Conforme la comida se abarataba (o nos enriquecíamos; es indistinguible), comer demasiado comenzó a ser más peligroso que comer poco. Ahora hemos alcanzado ese mismo punto con las cosas. Para la mayoría de la gente las cosas han llegado a suponer una carga.



La buena noticia es que, si llevas una carga encima sin saberlo, tu vida puede ser mejor de lo que imaginas. Imagina que has estado andando con pesas de dos kilos en los tobillos durante años y que te las quitas de repente.

Basado en un relato de Paul Grahan .

La culpa y la autoestima



Observemos una secuencia que podría suceder en cualquier casa: el niño o la niña juega a alcanzar un jarrón que se encuentra en lo alto de un mueble. Con el zarandeo, el jarrón se precipita al vacío rompiéndose en mil pedazos. La primera respuesta de la criatura es asustarse y llorar, o quedarse atorada. Se da cuenta de que su acción ha provocado algo anormal, es decir, que tiene una mínima conciencia de la relación entre la acción y sus consecuencias. Por eso no ríe, aunque tampoco sabe lo que debe sentir.

Placeres inocentes

Las personas de baja autoestima son más proclivesa los sentimientos de culpa, que refuerzan su distorsionada autoimagen

Entonces llega la figura cuidadora y al ver la cara que pone se da cuenta de la que le viene encima. Y llora. No por miedo, sino por la actitud con la que se le riñe. Ahora sabe lo que tiene que sentir. Acaba de descubrir algo así como un sentimiento de culpa. Hay cosas que están bien y otras que están mal.



LA CULPA ESTÁ ENRAIZADA EN NUESTRO SISTEMA EVOLUTIVO



El conocimiento del bien y del mal no es otra cosa que el afecto de alegría o de tristeza, en cuanto que somos conscientes de él (Spinoza)



Desde los tiempos de Adán y Eva, símbolos inequívocos de la idea de la transgresión de los códigos establecidos, el ser humano viene elaborando un sentimiento (emoción + cognición) al que denominamos culpa. En el paquete evolutivo de nuestras emociones básicas, tal como investigó Paul Ekman (miedo, tristeza, alegría, desprecio, asco, ira y sorpresa) no se encuentra para nada la culpa, tratándose entonces de una emoción secundaria o elaborada socialmente.



Esa misma evolución nos ha proporcionado lo que el mismo autor denomina species-constant learning, es decir, hay temas universales que como especie hemos ido emocionalmente aprendiendo, aunque existen muchas variaciones en su expresión según la persona, el contexto y la cultura. Se trataría de un código ético universal para que nuestras acciones puedan discriminar entre el bien y el mal.



Esos temas nos son dados, no adquiridos, conformados en nuestro inconsciente colectivo, con lo cual el tema de la culpa es como una pesada carga que arrastramos, seguramente porque en algún aspecto nos ha sido útil. Sólo así puede entenderse que, a pesar del sinsentido que tiene vivir en la culpa, sigamos sin saber cómo evitarla.



LA CULPA ES UN ELEMENTO DE CONTROL SOCIAL



Como en las deudas, no cabe con las culpas otra honradez que pagarlas (Jacinto Benavente)



Existen códigos, pautas, normas que no se deben transgredir porque, de hacerlo, no sólo aparece el castigo, sino, peor aún, el menosprecio de los nuestros, léase que no nos quieran, que nos alejen del grupo. Y ése es el peor de los miedos humanos.



Desde una visión teológica, la culpa es la transgresión de la voluntad divina, el pecado. En la vida civil hablamos de faltas o delitos por desobedecer las leyes. Existen a su vez leyes no escritas, códigos morales y éticos universales que inspiran la conducta de las personas con tal de facilitar su relación, su convivencia y el respeto por su entorno. Pero también se convierte, no nos engañemos, en un arma de control social.



PARA QUE EXISTA CULPA DEBE EXISTIR UN CULPADOR


El culpador es el guardián del código. Cuando lo transgredimos aparece el sentimiento de culpa (Norberto Levy)



El control más sutil y perverso se logra cuando la propia persona acaba regulándose a sí misma. Dicho de otro modo, para que exista culpa debe existir un culpador. Y no existe mayor culpador que uno mismo. Eso no está ahí fuera, sino en mi interior. Entonces soy culpable.



Hay quien se culpa por todo, quienes parecen mártires que cargan a cuestas el dolor del mundo, sin motivo. La culpa puede convertirse en un problema psicológico cuando no la frenamos.



LA BAJA AUTOESTIMA crea culpa



La culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento



(san Bernardo de Claraval)



Las personas de baja autoestima son las más proclives a sufrir continuados sentimientos de culpa. En este caso, la culpa es disfuncional, ya que le sirve a la persona para reforzar su distorsionada autoimagen.



Por eso es tan importante que pongamos al culpador a raya. Que seamos capaces de discriminar a quien es el culpador que ahora nos juzga y a la vez observar el motivo de la culpa. Eso significa obedecer más a nuestra brújula interior que a los qué dirán de turno.



La culpa siempre está presente. Actuamos mucho más para evitar el sentirnos posteriormente culpables, que no por convencimiento.



Nos sabe mal decir que no; nos sabe mal pedir; nos sabe mal no responder a las expectativas de los demás. Entonces, ¿qué nos sabe bien? Si por hacer nuestro bien, lo que creemos que es bueno para nosotros, causamos un malestar a terceros, he ahí la clave para entender nuestras falsas culpabilidades. El único remedio que encontramos es la evitación, no sea que nos tilden de egoístas. Y así, dejamos de ser nosotros, para ser lo que los demás esperan de nosotros. He ahí el destino final de la culpa.



Si la culpa es evolutiva, ¿podemos lograr desprendernos de ella? Puede que no. Pero a medida que alcanzamos una nueva conciencia, sustituimos la culpa por la responsabilidad. La culpa es vivida como una separación entre nosotros y el mundo. La responsabilidad, por el contrario, nos adentra en él. La responsabilidad es equilibrio. ¿Y qué es la culpa sino su falta? Empecemos tal vez por ahí.





Placeres inocentes

Películas



‘La duda’, de John Patrick Shanley.



‘El príncipe de las mareas’, de Barbra Streisand.



‘En el nombre de la rosa’, de Jean-Jacques Annaud.



Libros



‘El sentimiento de culpa’, de Laura Rojas-Marcos. Aguilar.



‘La sabiduría de las emociones’, de Norberto Levy. Plaza & Janés.
XAVIER GUIX 13/12/2009 En EL PAÏS SEMANAL

¿me gustas o te gusto?

Una amiga me borro de su Facebook, me sentí algo diferente y pensé que es muy difícil gustar, la llame y le pregunte el motivo. Me respondió que escribia mucho y le llenaba sus páginas. El mundo no esta hecho para que gustemos, solamente es un espejo. Recuerda cuando más ojos brillan alrededor de ti más fieles a tus ideas son.
Jacobo Malowany


Imposible gustar a todo el mundo

GASPAR HERNÁNDEZ 07/06/2009

Relativizar y filtrar las opiniones de los demás es la mejor receta para neutralizar los efectos que los juicios, negativos o positivos, tienen sobre nuestra propia autoestima.
Arthur Schopenhauer ya habló de “la triste esclavitud de estar sometidos a la opinión ajena”. Según el filósofo, una persona inteligente debe moderar en lo posible el sentimiento relacionado con la vanidad, o con la opinión que tienen los demás sobre nosotros: “Resulta casi inexplicable cuánta alegría sienten las personas siempre que perciben señales de la opinión favorable de otros que halaga de alguna manera su vanidad; y, a la inversa, es sorprendente hasta qué extremo las personas se sienten ofendidas por cualquier degradación o menosprecio”. Schopenhauer estaba a favor de relativizar tanto los elogios como las críticas. Pero no es fácil.
“La crítica suele estar más relacionada con el que la lanza que con el que la recibe: a menudo, quien critica se confiesa”
“Ni exageradamente susceptibles, ni incapaces de sentir empatía. Como siempre, el camino más sensato es la sensibilidad”
Según el filósofo, “un juicio nos hiere, aunque conocemos su incompetencia; una ofensa nos enfurece, aunque somos conscientes de su bajeza”; y su particular receta consiste en “neutralizar la impresión de una ofensa por medio de encuentros con aquellos que nos tienen en alta estima”. Rodearse, pues, de personas que nos quieren, nos aceptan y nos valoran, además de cultivar una buena autoestima y tener una idea justa de nuestro valor personal, puede ser un buen camino para relativizar las opiniones ajenas, que muchas veces tendríamos que filtrar, sobre todo cuando surgen de la rabia o la envidia, dos de los deportes de éxito en estas latitudes.
Es imposible gustar a todo el mundo. En la infancia, la sociedad corta las alas de algunos de nuestros impulsos naturales –sorber la sopa, ensuciarnos la ropa, dormirnos en los restaurantes– porque a nuestro entorno le preocupa la imagen que estaremos dando o, más allá todavía, la imagen que estarán proyectando ellos como entorno. Y gustamos a todo el mundo, pero a medida que pasan los años, la verdad desagradable asoma: es imposible gustar a todo el mundo. El psicólogo y escritor Wayne W. Dyer sostiene que un 50% de la gente con la que nos topamos es susceptible de no estar de acuerdo con nuestras opiniones. Según Dyer, cuando alguien no está de acuerdo con nosotros, o nos critica, no nos tendríamos que sentir heridos; deberíamos pensar que, simplemente, hemos topado con un miembro de ese club del 50% que piensa de manera diferente.
Ya lo dice el budismo: intentar gustar a todo el mundo nos hará infelices; y si bien es cierto que el sufrimiento es inherente al ser humano, también lo es que hay medidas paliativas que nos hacen más llano el camino. Una de esas medidas es aprender a desvincular la crítica de nuestra persona: entender que quien critica una decisión o una opinión nuestra no está criticándonos a nosotros como persona. En el momento en que alguien saca algo a la luz, ya sea en los ámbitos social, laboral, incluso doméstico o de pareja, se expone a la crítica. Por eso hay que saber encajarlas. Cuando hemos interiorizado el aprendizaje, podremos expresarnos libremente, sin miedo, incluso ante aquellos que piensan de manera distinta. Es su opinión. Otro pensará lo contrario. La crítica suele estar más relacionada con el que la lanza que con el que la recibe: a menudo, quien critica se confiesa. Confiesa sus temores, sus inseguridades, sus frustraciones.
Encontrar el equilibrio. Andar tan pendientes de las opiniones ajenas, el comportamiento de búsqueda de aprobación, puede ocasionar que nos dejemos de lado a nosotros mismos. Si eso pasa, Wayne W. Dyer asegura que llegará un momento en que confundiremos la jerarquía, llegando incluso a pensar que lo que los demás opinen de nosotros es más importante que lo que nosotros mismos opinamos. El sentido común nos dice que tampoco sería higiénico vivir al margen de la visión que los demás tienen de nosotros, porque algunas críticas pueden servirnos de espejo y de trampolín para la mejora, pero lo óptimo sería encontrar el equilibrio. Para empezar el camino hacia ese equilibrio, la psicóloga Begoña Odriozola propone que nos descentremos del yo, que salgamos y conozcamos otras culturas: así entenderemos que existe la diversidad y que, en realidad, la vida tiene tantos matices como personas.
A la vez, y aunque parezca una paradoja, los expertos proponen centrarse en uno mismo: saber con claridad quiénes somos y concedernos, además, el derecho a ser imperfectos. Porque depender únicamente de las opiniones ajenas puede hacernos acabar totalmente confundidos, fluctuando en función de las críticas o los elogios. El cineasta Woody Allen nunca lee las críticas a sus películas: “Porque cuando son buenas, te envaneces, y cuando son malas, te deprimes. Antes solía leer lo que escribían sobre mí, pero dejé de hacerlo porque no hay una distracción que te sirva de menos; es absurdo leer que uno es genio de la comedia o que actúa de mala fe”.
La persona demasiado susceptible tiende a valorar la opinión de los demás por encima de la propia y suele ser muy permeable a las críticas y los elogios: personas altamente sensibles, que pueden caer en el victimismo extremo e interpretar cualquier comentario, incluso una mirada, como una ofensa. Los susceptibles suelen ser personas desconfiadas, con una autoestima baja, y eso les hace parecer enemigos del mundo, cuando en realidad son enemigos de ellos mismos. Lo más habitual es que su hipersensibilidad los aísle del mundo, que pierdan amistades y que les cueste adaptarse a cualquier empresa. Pero son ellos los que más sufren: como dijo Leonardo da Vinci, “allí donde hay más sensibilidad, es más fuerte el martirio”.
preferencias en lugar de necesidades. Además, las personas demasiado susceptibles giran en torno a creencias irracionales que tienen totalmente interiorizadas. Creen que necesitan la aprobación y el amor de todo su entorno para sentir que valen algo, y eso es una fuente de ansiedad, porque queda claro que no podemos gustar a todo el mundo. La psicóloga Mercè Conangla asegura que la manera de corregir este tipo de pensamiento destructor es transformar las necesidades en preferencias, y aceptar que hay cosas que no dependen de nosotros. Está a nuestro alcance ser honestos con nosotros mismos, por ejemplo, no traicionar nuestras creencias más íntimas, ni nuestros valores; pero no está en nuestras manos gustar a la gente.
Lo dicho es fácilmente comprensible a nivel teórico, pero una persona susceptible valora mucho más la opinión ajena que la propia, de manera que será capaz incluso de traicionarse a sí misma si cree que eso le reportará más aceptación del exterior. Y ésa es otra de las más evidentes fuentes de infelicidad.
La psicóloga utiliza una imagen impactante para entender lo que queremos decir cuando hablamos de personas susceptibles: es como si a esa persona le faltara la piel, y que por eso todo le duele, por eso vive sufriendo. El extremo contrario, Conangla lo sitúa en las personas que no son capaces de sentir empatía, o solidaridad, a las que todo lo que se diga sobre ellas o sobre el mundo que les rodea les resbala. Por eso el camino del medio es, como siempre, el más sensato: la sensibilidad. Y eso es algo que se ha de construir a partir de herramientas brindadas por experiencias vitales que recolectamos y que nos van enseñando a solidarizarnos y a aislarnos a partes iguales. La vida, según la psicóloga (más ponderada que su colega Dyer), nos enseña lo que ella llama la teoría del 10%, es decir, aceptar que al menos a un 10% de la gente con la que nos vamos a cruzar durante el día no le vamos a gustar, o nos va a juzgar, o nos mirará mal. A veces lo notaremos, otras no. Aceptarlo, igual que aceptamos la diversidad de la vida, forma parte del juego social.
Ferran Ramón-Cortés, experto en comunicación interpersonal, matiza que las personas a menudo podemos presentar comportamientos susceptibles en alguna área de nuestra vida, pero no en todas. Es posible que allí donde nos sintamos más inseguros, o más desprotegidos, o allá donde nos hayan hecho más daño, todas nuestras alarmas se disparen hasta el punto de convertirnos en una persona susceptible. Eso, según Ramón-Cortés, se puede eliminar trabajando la autoestima y la seguridad personal. Si empezamos un nuevo trabajo y tememos equivocarnos y eso nos vuelve susceptibles, llegará un momento en que nos equivocaremos de verdad y nos daremos cuenta de que no ha pasado nada, que el mundo sigue girando. Tras el error irán pasando los días y veremos que cada vez somos mejores en nuestro trabajo, o nos desenvolvemos mejor en las relaciones personales, y la susceptibilidad se irá diluyendo.

Ideas para ser feliz

Libros

‘Tus zonas erróneas’, de Wayne W. Dyer. Editorial Debolsillo.
‘El arte de ser feliz’, de Arthur Schopenhauer. Editorial Herder.
‘Conversaciones con Woody Allen’, de Eric Lax. Editorial Lumen.

Ni siquiera los genios se libran

Para quitarnos presión de encima sólo hace falta acudir a nuestros mitos. El lector de este artículo sólo tiene que buscar en Internet el nombre de su director de cine, su escritor o su músico preferido y verá que, por muy indiscutible que le parezca su talento, muchos otros internautas o críticos no opinan lo mismo, e incluso le insultan. Si esta persona que nosotros consideramos genial, tan necesaria para que el mundo avance, hubiera necesitado el beneplácito de todas las personas de su entorno para actuar, no habría hecho nada. Como siempre habría encontrado a alguien en contra de tal o cual argumento o estilo o composición, no se hubiera movido, y sus películas, libros o discos no
habrían visto la luz.

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